Sobre libros y escritores “militantes”

Hace unos días Antonio Merino dedicó una de las entradas de su blog, Solienses, a comentar las impresiones que le había producido la lectura de mi libro, “La II República y la guerra civil en Villanueva del Duque”, en lo que califica como unos apuntes de lectura, dando a entender, tal vez, que sus valoraciones provienen de un preliminar hojeo al libro

En primer lugar no puedo más que agradecer a Antonio el que califique a mi obra como “seria”, “de un valor histórico relevante” y como “de referencia y de consulta obligada” para el estudio de la época en la localidad y la comarca, puesto que todos esos calificativos me llenan de satisfacción como autor. No hay que agradecer el que compartiera con él, y con otros investigadores, los artículos que localicé perteneciente a sus pueblos o sus ámbitos de estudio, yo mismo no he encontrado más que colaboración en casi todas las puertas que he tocado, justo es responder recíprocamente.

A mí personalmente me gusta esa frase que dice que los libros una vez publicados dejan de ser del autor, porque es evidente que una misma publicación puede provocar sentimientos e incluso conclusiones diametralmente opuestas en diferentes lectores. Si a él le ha parecido en su mayor parte una biografía de Miguel Ranchal pues tal vez sea porque ha tenido más curiosidad en fijarse en esa persona o porque fundamentalmente estaba interesado en saber lo que yo había escrito sobre uno de los alcaldes de la República en Villanueva del Duque y secretario del sindicato minero. Personalmente debo decir que he intentado referirme a Ranchal en lo que sus actuaciones impliquen alguna relación con la localidad, pues es ella la única protagonista del libro.

Yo una vez terminada mi investigación y mi libro, no podría culpar al dirigente sindical del cierre de las minas, como hacen algunos de los testigos de la época, pero sí puedo concluir que realizó unas gestiones totalmente opuestas al entendimiento con la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya (SMMP), a la que una y otra vez en decenas de artículos de prensa y en su libro “Profesionales de la muerte” tildó de explotadora, miserable o inhumana por no entrar en muchos más detalles. Muy a gusto con todas estas calificaciones no debía estar la empresa, que llegó a secuestrar los ejemplares del diario “El Socialista” que llegaban al coto minero y menos aún con la presión que el sindicato minero imprimía ante cualquier decisión o propuesta de negociación que salía de la entidad francesa.

Por dar solo un detalle, no era decente intentar enfrentar a los mineros con la SMMP argumentando la “miseria de salarios”, cuando eran, según los estudios del profesor Martínez Soto, los más altos de la minería de plomo española, precisamente debido a la fuerte presencia sindical en la zona. Los salarios de los obreros de interior ascendían a un jornal de aproximadamente entre 8 y 11 pesetas, cuya tasación queda clara en el momento que Ranchal se quejaba de que los mineros despedidos de “El Soldado” aceptaban trabajar en las minas de “El Hoyo” en Ciudad Real por solo 4,55 ptas., es decir menos de la mitad de lo obtenido en Villanueva del Duque. Tal vez habiendo aceptado una reducción de sueldos, como propuso en primer lugar la empresa, podría haberse paliado el aumento de los costes del coto, ocasionados fundamentalmente por la mayor profundidad de los filones, y tal vez se hubiera impedido el cierre de los pozos o alargado la vida de los mismos, mientras se ponían en marcha los pozos de “Las Morras”. La respuesta de la empresa a tanta negativa fue despedir a cientos y cientos de obreros, a los que Ranchal, en el rol de alcalde, intentó reubicar imponiendo su contratación a los propietarios de tierras, incumpliendo así expresas leyes estatales, y fijando un jornal para ellos de 3,75 ptas. Mejor ejemplo de una mala gestión no se puede reflejar en menos líneas. Para mí, tras completar mi libro y mis investigaciones, Ranchal sí fue un mal gestor.

Se comenta también en la entrada de Solienses que vendo la imagen de Ranchal como un alcalde enfrentado al pueblo, pero es que, para empezar, el pueblo no le votó como alcalde, porque los vecinos eligieron a Francisco Rubio Aragón, al que después sus compañeros de partido apartaron hábilmente para dejar paso al dirigente sindicalista pozoalbense que movía los hilos de la UGT y el PSOE en la localidad.

Y una vez que fue alcalde, ¿cómo creen que tomarían los vecinos la eliminación de las calles dedicadas a sus santos y a sus hijos predilectos?, ¿Cómo interpretarían la prohibición de que la Feria y Fiestas se dedicaran a la Virgen de Guía? ¿Qué sentimientos les traerían la obstrucción de las procesiones de Semana Santa? ¿Cómo valorarían el que en los trabajos para paliar el paro solo pudieran emplearse, bajo amenazas y coacciones, mineros pertenecientes al sindicato? ¿Qué pensarían cuando, para congraciarse con sus afiliados socialistas, arrasó con las cruces centenarias de Villanueva del Duque, ante la oposición física de cientos de vecinos? ¿Qué le supondría a cualquier villaduqueño, hasta al más modesto, alojar por mandato municipal a mineros y tener que darles trabajo, salario y comida? ¿Cómo se tomarían que la dehesa, que siempre había sido explotada por decenas de agricultores locales, pasará por mandato municipal a ser aprovechada solamente por los agricultores afines a un sindicato agrario socialista creado al efecto? Para mí, tras completar mi libro y mis investigaciones, me parece que Ranchal fue un alcalde que solo miró por sus afiliados y nunca por todo el pueblo.

Pero todo esto no es una investigación dirigida, ni sale porque yo vaya buscando que salga, es lo que dicen las actas de sesiones de pleno, la prensa y el testimonio de los vecinos. Si me hubiera dejado llevar por una idea preconcebida no podría haber destacado como una persona ejemplar a Francisco Rubio Aragón, presidente del PSOE en Villanueva del Duque, modelo de moderación y de respeto por todos los vecinos independientemente de su afiliación política, ni a Antonio Rodríguez de León, gobernador del frente popular en Córdoba y demócrata convencido, conciliador en todos los conflictos, moderado en su relación con todos los partidos y cumplidor de la ley hasta el extremo. Lo que ha salido es lo que debió ocurrir en realidad y proviene todo de textos que pueden consultarse y cotejarse, nada añadí, ni nada quité. Concretamente y respecto a la figura de Rodríguez de León no es que le dé un tratamiento disculpatorio, es que la documentación y los testimonios del libro del comandante Gil Honduvilla lo exculpan de todos los infundios que Moreno Gómez se ha encargado durante varios años y otros tantos libros de extender.

Lo que excede de la valoración de un lector es intentar afirmar si yo he escrito el libro movido por mi ideología o si he intentado potenciar ciertos aspectos negativos o positivos de los protagonistas, y tengo que decir que no ha sido así. Precisamente el haber ocupado un cargo de concejal durante doce años y que se me relacione con un partido político me hacía extremar mi intención de realizar un libro neutral y que contemplara todo aquello que pudiera encontrar durante mis investigaciones. Así, como bien dijo Antonio Jimeno en la presentación que tuvo lugar en Pozoblanco, cada suceso narrado contiene la visión del mismo desde un lado y otro de los partidos que confrontaban durante la II República en Villanueva del Duque, y son transcripciones literales de los diarios “La Voz” y “El Sur” fundamentalmente los que reflejan y posicionan los argumentos de cada uno. Prácticamente no hay suceso o debate que no contenga esas dos visiones.

Para continuar ahondando en esa impresión, de que escribí el libro movido por ideología, Merino se refiere a la foto de portada, que no deja de ser más que una anécdota, pues utilicé la única que contenía a diferentes protagonistas del libro y tenía calidad para salir dignamente en imprenta. Si el que esta foto pertenezca al grupo de Acción Católica se interpreta como algo planificado o dirigido, no puede ser, desde luego, una impresión más errónea.

Por último, el utilizar el término “nacional” para referirme al bando sublevado-franquista-faccioso-rebelde, no busca más que intentar unificar la manera de nombrar a uno y otro bando, pues al contener el libro tanta transcripción literal pudiera provocar confusiones en el lector menos familiarizado con la época, al que fundamentalmente se dirige el libro. No obstante el uso del término queda explicado en el mismo texto, puesto que la primera vez que me refiero a él lo describo como “bando autodeterminado como nacional” y lo completo con una nota al pie que dice “Bando nacional, sublevado, franquista o rebelde, según los diferentes historiadores”. Como ven ya me ocupé yo de no ponerle fácil las cosas a nadie que quisiera cuestionar mi trabajo con los topicazos habituales. No obstante, como yo hago en el libro, todos deberíamos aprender a llamar golpe de estado a lo que se llamó “alzamiento” y también a no denominar  “revolución” a lo que realmente fue un golpe de estado.

Ya dije cuando presenté el libro que “no dejen que nadie se lo cuente, léanlo y saquen sus propias conclusiones”, yo desde luego las respeto todas, pero estoy abierto al debate de cualquiera de ellas y a aceptar cualquier matiz o a reconocer, si se me demuestra, que he podido en algún pasaje estar equivocado, pero por favor no tilden mi libro de dirigido, parcial o militante, porque aprendí, leyendo a otros, que es algo que nunca debe hacerse cuando de escribir sobre historia se trata.

Julio López

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